lunes 6 de diciembre de 2010

Fronteras


Compatir la cama no implica que los sueños también sean compartidos. Sergio tenía una arriesgada misión cada noche: acechar desde su lado de la cama los sueños de su esposa. Él dormía en el lado derecho y Eugenia que, como ya habrán supuesto, era su pareja, ocupaba la parte izquierda. Entre ambos, una línea divisoria, una frontera, les impedía comunicarse y, mucho menos, mimarse. Así había sido desde que un fatídico cuatro de septiembre lluvioso de hace ya un año cometieron la insensatez de decir "Sí quiero".

Eugenia caía en un profundo sueño en cuanto apoyaba la oreja en la almohada y también, como ya habrán podido imaginar, daba siempre la espalda a su marido. Sus sueños, en realidad, eran pesadillas que, como todas las pesadillas, eran espeluznantes. Soñaba con enormes aviones caza, bombas rácimo y gritos de pánico por todas partes. El estruendo era tal que al pobre Sergio le era imposible conciliar el sueño, así que se dedicaba a observar el espectáculo desde su lado de la trinchera.

Sergio deseaba que soñara con él o, en su defecto, con Richard Gare o cualquier otro galán de cine, pero a juzgar por los espamos de su mujer, eso nunca ocurría. Noche tras nocha la habitación se llena de humo. Sergio intuía la agonía que precede a la despedida, comenzaba a toser y a temblar y optaba por cubrirse entero con el edredón y esperar a que pasara lo inevitable.

Cada día que pasaba Sergio estaba más triste, pálido y consumido por la falta de sueño. No sé si temía por su vida o fue por la de su señora, el caso es que un día, decidó traspasar la frontera para rescatarla.

Esa noche se puso  sus calzoncillos de la suerte, un chaleco antibalas y un casco, y antes de acostarse rezó un rosario y encomendó su alma al Diablo, que uno nunca sabe quién es el bueno y quién es el malo. Cuando en el sueño de Eugenia todo empezó a desmoronarse, él se armó de valor y acercó la mano a la línea fronteriza. Sudaba a chorros, y todos sus músculos estaban en tensión. Cuando rozaba casi con las yemas de los dedos esa frontera que siempre le había parecido infranqueable, empezaron a caer las bombas. Cerró los ojos, contuvo la respiración y, en medio de las explosiones, di un salto y abrazó a su mujer. Mientras el humo desaparecía, ambos, por primera vez en su matrimonio, compartieron un sueño sosegado y sus respiraciones se acompasaron como por arte de magia.